Cuaderno # 10:  25 de Mayo 2002

 

 

DOCUMENTO DEL PROYECTO

 

"DE LA CALLE A LA ESCUELA:  UNA CONEXIÓN VITAL.

  Un Programa para pensar el

uso de la Internet en la educación formal y no formal" 2002-2005 coordinado por la "Fundación Raíces Mágicas", Colombia

 

 

 

 

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Otra vez un ejercicio de lectura atenta y comentarios cara a cara: inteligentes, creativos.

 

  1.  Vamos a leer esta entrevista con  mucho cuidado.  Se refiere a un actor colombiano que ustedes alguna vez vieron protagonizando películas  y novelas.

 

REVISTA ALÓ - EL TIEMPO.COM
Luis Fernando Montoya: 'Yo confieso'

La cárcel siempre va por dentro. Es una cárcel la pobreza, es una cárcel -más injusta y ardiente- la riqueza; la fealdad es una cárcel, pero la hermosura es otra.

La ignorancia es una cárcel, pero la sabiduría es otra; es una cárcel ser insignificante, ser ultradistinguido es otra; ser solitario es una cárcel, pero estar acompañado es otra; creer en Dios es una cárcel, pero no creer en nada es otra; estar preso es una cárcel, pero estar libre es otra...

¿Cómo se nace en Pereira, se es famoso en Bogotá y se termina en una cárcel en Miami?

“El hombre llegó a las 7 de la noche con el paquete. Era casi un kilo. Yo creía que cuando uno se metía en semejantes vueltas le daban un mejor tratamiento.

Pero no. Él puso encima de la mesa el paquete, me explicó el procedimiento, y se fue a ver televisión. Y ahí estaba yo, Luis Fernando Montoya, el actor de tantas telenovelas, el famoso, Bolívar nada menos, solo, sentado en un cuarto de hotel, frente a 950 gramos de droga, con el reto y el compromiso de trag
ármela.

“No sentí miedo. Tantos meses de hambre, tantas mañanas sin desayuno, viviendo en Bogotá en un cuartico en la casa de una señora, arreglándome todas las mañanas con unos vestidos desgastados que ya no metían caña. Yo estaba estigmatizado: la televisión, que una vez me subió al cielo, ahora me condenaba al olvido.

Yo, como tantos colegas míos, era un deshecho de la generación del hippismo, el resultado del existencialismo... Yo, el pupilo del TPB, ahora estaba solo y tenía que tragarme esas bolsas. Se me había castigado mucho: los mismos que compartieron conmigo tantas noches de bohemia, incluso me llevaron a ellas, me habían dado la espalda.

Y no bastó el haberme distanciado del abismo: estuve en Nueva York del 96 al 98, y allí protagonicé cuatro montajes. Regresé para hacer casting de la película Yo soy Bolívar, guión que yo tenía en mis manos hacía dos años. Pero las cosas no salieron. Lo que pasa es que hay rumberos que ganan y hay rumberos que pierden.

“Yo quería que todo pasara rápido. Por eso, cuando me propusieron el cruce, no lo pensé dos veces. Si lo pensaba demasiado podría venir el arrepentimiento.

Me dijeron que no era tan fácil, pero los presioné para organizar el viaje en quince días, porque sabía que era más difícil seguir la vida sin tener con qué comprarles un helado a mis hijas. Empecé a tragármelas una a una, no eran tan pequeñas como la gente piensa –del tamaño del dedo meñique- –; eran como 40, pero los nervios me hicieron ver dos
mil”.

Luis Fernando Montoya nació en Pereira hace 44 años. Su vida nunca fue fácil. Se vino para Bogotá siendo muy joven, porque quería convertirse en una promesa de la actuación. Después de muchas penurias e innumerables quehaceres, vivió en la buhardilla del TPB.

Leyó todos los libros que llegaron a sus manos y, para su propia sorpresa, tenía un talento inusitado. Fue el actor. Después llegó la televisión, y con ella el infierno. El hijo de Pereira estaba destinado al estrellato.

Súbitamente vinieron los autógrafos, las entrevistas, las carátulas de revistas, el reconocimiento a ese poder histriónico.

Curiosamente, los dos actores que como hermanos lo acompañaron en ese fulgor, ya están muertos: Jorge Emilio Salazar y Diego Álvarez.

“Cada dedito de esos se traga con gelatina. Los primeros se vomitan, pero hasta a eso uno se acostumbra. Hay que tener el estómago vacío, pero eso es mejor que estar lleno de miedo.

Tardé tres horas en tragarme esas bolsas; a otros les toma más de ocho. Y, además, me metí el doble de la cantidad que llevan normalmente.

Eso no habla bien de mí en el sentido legal de la palabra, pero tal vez hable bien de mi desesperada necesidad de tener algo más que amor para ofrecerles a mis hijas. Seguramente por eso lo hacen todos. Es fácil suponer que esa noche no dormí bien. A las tres de la mañana del domingo 27 de mayo el hombre de las bolsas apagó el televisor. Mi maleta estaba lista: dos camisas Polo y dos pantalones dkdlpo. A las cinco de la mañana nos recogió el
taxi.

Pensé: ‘no hay camino de regreso. El viaje al aeropuerto de un tipo que lleva su estómago lleno no es muy placentero’. Yo no iba hacia Miami. Yo iba a la cárcel o a la liberación de mi pobreza. Por eso era necesario borrar de mi mente la idea de morir, de pensar en que se reventaran esas bolsa
s”.

Jorge Emilio y Diego ya estaban muertos. Su asombroso talento sólo les había servido para morir. Quedaba Luis Fernando. Pero si en ese viaje se hubieran reventado esas bolsas, entonces se habría completado una historia.

El fin de una generación. Ahora él tiene hoy una certeza: que la televisión en Colombia es como un pequeño Hollywood, igual de cruel pero con menos plata. Lo ensalzaron, lo subieron, le pagaron, y él no estaba preparado para tanta dicha, y se dejó arrastrar por el anzuelo.

Vino el delirio, la rumba atropellada y la estocada final: confundir el arte con la plata, la plata con la felicidad, la felicidad con la popularidad, y la popularidad con el amor. Lo que ayer era deseado hoy era incómodo.

Luis Fernando ya no era espectáculo. Tuvo su carro, su apartamento, su cuenta bancaria, la vida casi realizada. Pero luego de un tránsito por el delirio, se despertó sin nada y con un estigma a sus espaldas del que no pudo liberarse: no tenía para los buses y caminaba como un loco por todo Bogotá, de programadora en programadora, de ex amigo en ex amigo, tratando de encontrar el fantasma de su perdida grandeza.

“Cuando uno va cargado, las manos son lo peor. Uno les da la orden a las piernas para que no tiemblen y a los ojos para que no se asusten y a la voz para que no dubite. Pero nadie les puede dar la orden a las manos para que no suden. Yo siempre pensé que la actuación estaba de mi parte en todos los trances. Pero como actor también sé que no es tan fácil mentir.

Y en ese aeropuerto, por primera vez, me sentí incómodo con mi papel. Era increíble, la gente me recordaba, se me acercaba, me pedía autógrafos... y yo cargado. Era una mula f
amosa”.

Luis Fernando había pasado todas las requisas en Eldorado y seguía siendo famoso; 17 horas después iba a ser más famoso, pero con la fama al revés.

Hace exactamente un año, Luis Fernando pesaba unos 60 kilos y era algo menos que talla 30. La fotografía que le hicieron las autoridades en Miami es la de un huérfano melancólico, la de un náufrago, la de un latinoamericano más que frente a la falta de posibilidades se enrumba por el más fatal de los caminos.

Si no hubiera sido un actor, apenas formaría parte de la anónima y muy grande galería de pobres diablos que cotidianamente fotografía la DEA.

“Me tomé cuatro tragos en el avión. No es cierto que una mula no pueda comer o beber. Lo que de verdad delata es algo más profundo: la conciencia. Visité el baño tres veces, me miraba en el espejo con cierta extrañeza. No me sentía del todo bien y me veía un poco pálido. Pero hablé, reí, hablé tres horas. Miami, la ciudad soñada por muchos, es para mí el recuerdo de una agonía.

El aterrizaje del avión, el sonido de mis pasos atravesando el pasillo que conduce a inmigración, la risa de los turistas primíparos que llegaban a Miami... Todo eso me parece irreal, pero estaba a punto de encontrarme con la realidad.

Me di cuenta de que realidad y pesadilla eran lo mismo, cuando estaba parado en la ventanilla de inmigración. El funcionario abrió mi pasaporte, lento... lento. El tiempo se había detenido en aquella escena intolerable”.

A los Estados Unidos entran diariamente, según cálculos que ninguna estadística puede comprobar, unos 60 “viajeros”. De esos 60, según cifras que sólo sirven para los desdichados, caen unos tres diarios.

Luis Fernando se sumó a la lista oficial cuando el funcionario, luego de revisar el pasaporte, le preguntó si él era realmente Luis Fernando Montoya. De inmediato fue conducido a una pequeña oficina, donde moriría toda posibilidad de escape. Una mente sagaz creería que lo estaban esperando.

“Es imposible que haya un domingo peor. Desde las once de la mañana hasta las ocho de la noche me interrogaron, me asustaron, no fueron agresivos pero acudieron a muchas herramientas para que yo confesara.

Y lo entiendo, es su oficio. Pero yo fui casi cínico, quizás porque de manera infantil aún abrigaba la esperanza de que me soltaran como a un adolescente retenido por falta de papeles. Y lo negué todo hasta el final.

Me insistieron una y otra vez en el examen de Rayos X: es voluntario y yo me negué, pedí un abogado, juré no tener nada en mi estómago y, jugándome los últimos cartuchos, hasta les dije que tenían que dejarme libre o que, de lo contrario, los demandaría.

“Pero cuando uno lleva algo adentro, tarde o temprano tiene que expulsarlo. A las ocho de la noche el policía me aclaró que yo solamente había dejado dos caminos y ninguno era el de la libertad: podía ser un preso si confesaba o un muerto si seguía negándolo todo, pues se me reventarían las bolsas.

Entonces acepté mis culpas y mi irremediable verdad: que ya no tenía salida. La palabra laxante nunca me había parecido tan diabólica. El problema ya no era policivo sino de salud. Me trasladaron a un sitio raro, donde nadie quisiera ir, una especie de baño gigantesco, con unos inodoros altos y transparentes, siempre vigilados, y donde van a terminar las torpes ilusiones de los chicanos, los jamaiquinos, los ecuatorianos, los peruanos, los colombianos... y todos los que tragamos el cuento de que un viajecito de estos puede torcerle el cuello a la miseria.

Duré sentado en ese inodoro desde las nueve de la noche hasta las seis de la mañana”.

Después de permanecer ocho meses en la cárcel federal, una mole ubicada en el centro de Miami, lugar de paso de todos aquellos que esperan y temen su sentencia, un infierno que reemplaza al sol por la insoportable luz de unos bombillos acusatorios que no se apagan nunca, Luis Fernando Montoya fue sentenciado en noviembre del año pasado a cuatro años de cárcel.
Contó con la suerte de ser asistido por un abogado de oficio diestro y, lo que es más importante, con enormes deseos de impartir verdadera justicia. Lo trasladaron entonces a la cárcel XYZ, ubicada en xyz, una cárcel “cinco estrellas”, lo que quiere decir una cárcel sin los ultrajes que la imaginación del cine expone.

Cárcel limpia, humana dentro de las posibilidades, donde no se ve la rapiña de las vendettas y la sangre de otros presidios, apetecida por todos los presos. Mejor dicho, un sitio casi perfecto si no fuera porque le falta lo más precioso: la libertad.

Allí encontré a Luis Fernando Montoya, más parecido que nunca a su “hermano gemelo”, Robert de Niro, diez kilos más gordo, con barba cerrada y pelo casi rapado. Y era un Luis Fernando nuevo, mejor, renacido, pero sin libertad.

Apareció en la sala de visitas, con mesas parecidas a las de una pollería, vestido con el uniforme caqui de los presos. Fue conducido hasta el pequeño cuarto de donde no podía moverse hasta terminar la sesión fotográfica.

Y entonces me pregunté si Luis Fernando, ahora preso, es libre, o si el último Luis Fernando que vi en Bogotá hará unos quince meses, libre, estaba preso.

Esta era la tercera visita que recibía en un año: la primera fue la de Juan Carlos Riascos y la segunda la de otro medio de comunicación.

Las demás, las de sus hijas, han sido por carta, porque la distancia y la ausencia de dinero no han facilitado las cosas. Y es entonces cuando se entiende el significado de esas cartas que, se queja Luis Fernando, no ha recibido sino de unos cuantos; las de varios de sus amigos aún no llegan.

“No tengo ilusiones, y por lo tanto vivo sin tormentos. Estoy vivo, no me venció nadie, no perdí la razón, estoy sano. Esta experiencia es muy fuerte, uno cree que se va a derrumbar, pero hay una conexión, aquí te comunicas con el otro... está presente la realidad de un continente”.

Me habló, entonces, de una riqueza que antes él mismo no sospechaba. La riqueza de los personajes y las historias inimaginables de esa flotilla ilusoria de los que se van hacia el norte pero sólo encuentran el sur.

Ha construido otra realidad, un solo universo que excluye todo aquello que sucede detrás de los muros. Tiene la conciencia de que conectarse con el mundo exterior es la peor condena de un preso, la pena que se traduce en “asfixia”, término que usan los presos para referirse a la nostalgia por el mundo exterior.

Pero también sabe que en Bogotá estaba más cerca de la muerte.

“La cárcel me aseguró más años de vida, y el cuerpo lo agradece. Y uno hace la terapia, es como si uno hubiera nacido acá. Pero sé que la cárcel es un estigma social. Se convierte uno en un relegado del sistema que ha roto las reglas.

Se pierde el valor y viene el peor de los juicios: el moral. Y sufro por eso, pero no por mí mismo sino por mis hijas, porque esto les haga un daño irreparable, por lo que les digan en el colegio, sus amigos, la gente, por lo que piensen.

Me duele el alma de pensar que lo que hice les produzca tanto daño…”

No es una cárcel infernal. No es una cárcel estatal (para asesinos), es una cárcel federal para los delincuentes de cuello blanco. Luis Fernando duerme en un camarote que comparte con dos presos más.

Y dentro de la celda, las normas son estrictas: respeto y pulcritud. A las 5 y 30 de la mañana todo debe estar perfecto, de lo contrario, hasta una arruga en la camisa podría costarle ‘el hueco’ (celda de castigo donde no llega el sol). Y aunque en Bogotá se despertara cuando le venía en gana y durmiera cuando no le venía en gana, debe formarse como un pequeño militar frente a su celda para el primer conteo del día.

Luego viene una rutina que se repite siempre igual y que no deja espacio para pensar: hacer ejercicio, visitar el médico, dictar clases de español, tomar cursos de inglés, asistir al programa para drogadictos, y un etcétera enorme.

“Dicen que los presos cuentan los días, pero eso no es cierto, al menos en mi caso. Los días pasan muy rápidamente, pero cuando los vuelves meses, son insoportablemente lentos, porque el tiempo de la cárcel es un tiempo distinto, más reposado, sin prisa, y sólo hay un universo posible, el de adentro, donde no existe el dinero, ni la sociedad de consumo, ni el sentido de la cotidianidad; donde el ejercicio y la comida, exquisita y abundante, se convierten en protagonistas de la rutina.

Me dieron 57 meses, y todavía me faltan 39”.

Volví y me dije ‘Luis Fernando está libre porque está preso, antes estaba preso porque estaba libre’. ¿Cuál es la diferencia? ¿Cuál es el verdadero Luis Fernando?

Yo apostaría por este nuevo Luis Fernando. El que reflexiona, al que le da “asfixia” cuando piensa y pide que sus hijas no se traumaticen, el que se cura para evitar la doble condena de la prisión y el mundo exterior, el que supo tarde que este viaje no es un buen negocio, el que dice cosas dignas de una persona en libertad.

“Cuando esté afuera quiero enamorarme 20 veces y una más, viajar, tener dinero, estar con mis hijas y no tener que interpretar el mismo personaje toda la vida”.

Y ahí estaba Montoya, supongo que el mejor, el que aunó todas las experiencias, el que sabe lo que cualquier hombre debería saber sobre la Tierra: que el amor y el deseo no son lo mismo, y que hasta en este infierno, donde está vetado cualquier contacto sexual, uno quiere enamorarse.

‘No pienso en el sexo, pero sí en el amor’.

Por Olga Sanmartín
Fotos de Christian Zitzmann

Preguntas: ¿Qué te llamó la atención de esta entrevista?  En la forma, en el contenido.  ¿Por que?  Piensa en las palabras claves de esta entrevista y hablemos sobre ellas.

 

  1. Esta frase la escribió una mujer hace más de tres mil años, en el antiguo Egipto:

“He deseado meterme en el agua, bañarme ante ti para que vieras surgir mi belleza a través de una túnica de lino transparente, impregnada de esencias perfumadas y mi cabellera coronada de juncos”.

¿Qué te ha producido este escrito antiguo?   ¿Piensas que hay alguna relación entre el amor antiguo y el moderno?   ¿El amor moderno es en verdad moderno o es amor?  ¿Por qué?

 

¿Relacionas este último escrito con alguna palabra clave de las que escogiste  en el anterior texto?

 

 

 

 

 

 

 

 

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